El viejo y la empatía
Fue un ídolo. Así, sin modestia. Ídolo de multitudes, líder de la FEU, militante ejemplar del PCC, gestor cultural , editor y defensor vociferante del pueblo (cuando le convenía, claro). Fue tantas cosas que se olvidó de ser alguien. Y en todo eso, la empatía... bueno, digamos que no era parte del manual revolucionario. Tempora mutantur, et nos mutamur in illis, el mundo cambió. Él también. O al menos eso dice, ahora que tiene tiempo para pensar.
¿Quién necesita empatía cuando se está en la cúspide de los ideales, cuando se habla desde podios y con voz grave sobre el destino del pueblo? La dignidad de algunos fue el precio del progreso de muchos. Y él pagó con gusto, como buen soldado de la utopía. Ducunt volentem fata, nolentem trahunt... y él fue, voluntario, al galope, convencido de que la historia lo absolvería.
Ahora es un viejo. No viejo cualquiera: un viejo con títulos, con entrevistas, libros, novelas, cuentos que nadie lee, con un archivo de sí mismo que se descompone en las estanterías de alguna casa cerrada. Un viejo que escribe narraciones —nombre elegante para lo que antes fue palabra sagrada— y que observa, entre resignado y divertido, cómo se le cae el techo encima, tempus fugit. A veces cree que piensa, pero sospecha que solo repite fragmentos de sí mismo.
Los ideales siguen ahí, pero se han puesto incómodos, como trajes de juventud. Él los observa, se los prueba en silencio, pero ya no le quedan. Como ex ídolo, contempla su propio desmoche sin drama, como quien ve podar un árbol que alguna vez dio sombra... y fruta para otros.
Quod erat demonstrandum, el final no sorprendió a nadie, salvo a él mismo. Moraleja: si ve la barba de su vecino arder, eche agua. O mejor, rásurese a tiempo. Porque el fuego no pide permiso y, créame, la gloria arde igual que la culpa.
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