Amados,
El lector que se adentre en esta entrevista —pieza audiovisual revestida del aura de lo revelatorio— podrá creer, por un instante, que ha sido convidado a una conversación. Mas conviene precaverse: no hay aquí diálogo, sino ceremonia. Al centro, dos figuras. Por un lado, la entrevistadora: tilapia de orilla, oficia con entusiasmo su papel de médium cultural. Frente a ella, el escritor: una trucha doméstica que asume, sin pudor, la condición de portavoz del espíritu de la época.
Ambos interpretan su papel con gracia líquida. Ella interroga con la cadencia de quien sabe lo que debe escucharse; él responde con la unción del iluminado satisfecho. “Todos hemos tenido ese sueño en que aparecemos desnudos en medio de la gente”, declara, como quien despliega las cortinas de un modesto teatro interior. Esa desnudez no es del cuerpo, sino del alma: el yo como espectáculo. La literatura como ritual privado, ofrecido a una cámara compasiva.
El autor no se debe al lector, ni a la crítica, ni al mercado. Tampoco a la tradición. Su método —revelado con convicción de místico doméstico— consiste en escuchar voces interiores y dejarse llevar por una batidora espiritual que produce, según sus propias palabras, un “batido literario”. No escribe: se licúa. No piensa: se sintoniza. No articula ideas: las deja fermentar en su pecera mental.
Viene entonces a la memoria la sentencia de Sartre: "el infierno son los otros". Aquí, sin embargo, los otros no existen. El autor escribe sin preocuparse por el lector, ni por el lugar donde se publicará su obra. Lo que propone es una iluminación íntima, comparable a la de Buda bajo el árbol Bodhi, aunque no en un río que fluye, como el Siddhartha de Hesse, sino en el estanque estanco de su mundo interior. Allí bracea en círculos, contento de sí.
Desde esta lógica, la "literatura artística" —la que rehúye compromisos, la que flota libre de contaminación externa— estaría a salvo. No por su rigor, ni por su forma, sino porque el autor ha logrado contemplarse mientras escribe. Como advirtiera Mario Vargas Llosa, algunos entienden la literatura como puente hacia el otro; aquí, en cambio, el puente ha sido retirado: queda el autor solo, absorto en su reflejo.
¿Y qué dirían Antonio Soler, atento al detalle humano, o Leonardo Padura, cuya mirada busca justicia y memoria? Probablemente observarían con perplejidad esta escena donde la literatura se disuelve en un ejercicio de autoayuda con licencia estética.
Y, sin embargo, el autor comparece como entrevistado cultural. No habla sólo por sí: se le otorga —y él se arroga— la potestad de representar una visión del arte, un método, una ética. Pero lo que ofrece no es más que la apoteosis de un yo sin conflicto, del goce sin forma, de la introspección sin tensión.
La entrevistadora —noble tilapia— sostiene el espejo con delicadeza. Asiente, sonríe, consagra. Ella también participa del rito: hacer pasar la espuma por pensamiento, la tibieza por profundidad.
Mentras la tradición literaria agoniza entre márgenes editoriales, esta “literatura de adentro” prospera como ejercicio devocional. Y si quedara aún un lector —uno solo— su papel no sería comprender, ni discutir, ni interpretar. Le bastará con contemplar el prodigio: un autor que ha descubierto, en la curva inmaculada de su ombligo, el mapa sagrado de toda narrativa.
En esta pecera cultural, la literatura no se arriesga. No se lanza al mar. Flota. No nos equivoquemos, por favor. Estamos en presencia de un "genio" desvalido, entrevistado por la marca revolucionaria bayamesa que se resiste volver algún día al terruño: lo que aquí se presenta no es literatura, sino liturgia del ego.
No hay lucha con el lenguaje, ni vértigo de forma, ni riesgo alguno si habría que regresar algún día a la Santiago heroico, rebelde ayer. No habría miedo de regresar a la Casa del Caribe para rescatar su carte azul. Lo que emerge de todo ese ditirambo de la trucha enardecía es una mística de la complacencia, una devoción pálida por la voz interior, como si escribir fuera apenas conectarse consigo mismo y batirse —literalmente— en un cóctel de eslóganes líricos.
Allan Kardec, quien definiera la mediumnidad como ese trance en que el yo cede al dictado de lo otro, jamás lo habría aceptado en su canon. Porque en la mediumnidad verdadera no hay espacio para el narcisismo litúrgico ni para la escritura flotante. Sólo ingresan quienes saben que la forma es condena, y el sentido, un animal salvaje.
El entrevistado, con su alegría de pez iluminado, no ha alcanzado nunca esa orilla. Escribe para sí, se lee a sí mismo, y en esa pecera sin horizonte, permanece: sin sed, sin riesgo, sin literatura.
"Solum sibi scribit. Satis est".
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