martes, abril 01, 2025

La lista negra de Badajoz

 


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Amados,
La lista negra que Trump nunca autorizó es, al mismo tiempo, un documento apócrifo y un eco de los anales del poder. Su existencia, incierta como la de aquel mapa que Borges imaginó a escala de un imperio, se desliza entre la realidad y la ficción, entre lo verosímil y lo irrisorio. Comenzó, dicen, con diez nombres, creció a quince y culminó en treinta, cifra que evoca no tanto una exactitud sino un artificio destinado a infundir terror o, acaso, a subrayar su propia irrealidad.
Hasta aquí, todo habría sido una trivialidad más del espectáculo contemporáneo si no fuese porque, hace apenas unas horas, la lista fue censurada por Fb, el demiurgo digital que todo lo ve y todo lo borra, a raíz de una queja del mismísimo Trump. Un acto de las paradojas de Zenón: la lista que no era suya, sin embargo, lo inquietaba; la lista que no existía, sin embargo, requería ser suprimida.
La Casa Blanca, con su habitual danza de eufemismos, se apresuró a declarar que ni el presidente ni su gabinete tenían relación alguna con la ominosa enumeración. Y, sin embargo, su sombra persistía. Se decía que la lista, como los textos esotéricos de las sectas heréticas, estaba destinada a convertirse en una orden ejecutiva que permitiría la deportación de quienes hubieran cometido el imperdonable pecado de la blasfemia política. Nada más grave, en estos tiempos de ritos profanos, que ser etiquetado de nazi o fascista.
Los abogados del mandatario, siempre listos para las más insólitas contorsiones jurídicas, aguardaban el llamado. Pero el mandatario, en un gesto que oscilaba entre la prudencia y la teatralidad, detuvo el proceso. La farsa, sin embargo, se había vuelto autónoma: la lista ya era una verdad en sí misma, una leyenda que provocó la ira de quienes temían verse atrapados en sus invisibles redes.
Nadie quiere figurar en una lista negra, y esa es, quizá, la ironía suprema: la negación de su existencia no hizo sino darle una existencia más poderosa. Miles la leyeron, miles la comentaron, miles esperaban ansiosos su materialización. Pero la lista se esfumó. Solo quedó su memoria, fijada en la bruma de los disturbios que, paradójicamente, le otorgaron un valor que nunca tuvo.
La lista negra murió por la indiferencia de un tal Joshi, el alias cariñoso de Badajoz, escritor de gramática fina y precisión letal. En su muro de Fb, con la indiferencia de los dioses menores, dejó caer unas palabras que, como un cuchillo afilado, cercenaron la historia. La lista pasó del negro al gris, y del gris a la nada. Su último estertor quedó registrado en un post que obtuvo 160 “me gusta” y más de 90 comentarios, epitafio de la democracia digital.
Joshi, guerrero de una batalla que no tuvo lugar, lanzó su ataque con la sutileza de los antiguos samuráis, dejando traslucir —para el buen lector— que su adversario no era otro que el Ciclón de Ovas y sus mandamases. En la selva de los comentarios, muchos se perdieron intentando descifrar el verdadero destinatario del golpe.
La paranoia se apoderó del Ciclón de Ovas de una manera tan absoluta que terminó convencido de que el post de Badajoz era un dardo dirigido exclusivamente contra él. Esa alquimia perversa que transforma cada palabra ajena en una puñalada dirigida al propio orgullo. El Ciclón, en su infinita grandilocuencia, concluyó que el universo no podía girar alrededor de nada ni nadie más que de su propia figura, y que cualquier frase, cualquier insinuación, debía necesariamente referirse a él.
Pero el verdadero drama no fue la paranoia del Ciclón, sino la reacción de Badajoz. Herido en su amor propio, el escritor dejó de ser un testigo irónico y se convirtió en protagonista de la farsa. En lugar de permitir que la ironía hiciera su trabajo, respondió con el tono de un mártir traicionado: “¡Me atacan, me injurian, me persiguen!” En un giro digno de las ficciones borgianas, la discusión dejó de tratarse de la lista negra y se convirtió en un duelo de egos desbordados, en una tragicomedia donde lo esencial se esfumaba entre las capas del absurdo.
Badajoz, en su histrionismo, se vio a sí mismo como el centro de una conspiración laberíntica. En vez de responder con la mesura de un filólogo, lo hizo con el dramatismo de un personaje de tragedia griega. No comprendió —o no quiso comprender— que la cuestión no era él, ni su honor mancillado, sino el teatro político del exilio, el espacio donde las grandes palabras se desgastan en querellas personales.
“Yo llegué a este país hace 26 años como exiliado político. No en una patana, no como quedadito ni reclamado…” —proclamó Badajoz, como si con ello buscara un pasaporte a la victoria moral. Pero la historia del exilio no se escribe con credenciales ni con jerarquías de sufrimiento. Y, sin embargo, él y el Ciclón, cada uno en su papel, siguieron representando la misma obra gastada: el uno, mártir de su propia vanidad; el otro, centinela de un ego herido.
En el vaivén de acusaciones y contraacusaciones, lo esencial se perdió. Porque la justicia, la verdadera justicia, no es un trofeo ni una medalla. No pertenece a quienes más han sufrido ni a quienes más han gritado. Es un proceso continuo, dinámico, ajeno a la retórica de la victimización.
Badajoz, impecable en su estilo y refinado en su prosa, no logró lo que el Ciclón sí: trascender la forma y tocar la sustancia. Porque, al final, el escándalo no es un concurso de perfección gramatical, sino el arte de captar lo que vibra más allá de las palabras. Y esa, señores, es la lección final de este relato: la verdad no se encuentra en la corrección ni en la pulcritud, sino en la intensidad de lo que se dice. Por más que lo intentara, Badajoz siempre estuvo en desventaja.
Y por supuesto, no puede faltar la amenaza velada: "No confundan mi bondad con inocuidad ni mi moderación con cobardía". Pero el Ciclón de Ovas tiene algo claro: la memoria no es selectiva y la justicia no es monopolio de nadie. El que se las da de gran exiliado, de gran opositor, que tenga la decencia de aceptar que aquí todos podemos ser examinados.