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miércoles, enero 05, 2011

EL ÁNGEL CAÍDO





El ángel agotado ( Poemas), Bravísima la poesía de María Elena Cruz Varela

EL ÁNGEL CAÍDO



Mira David.

Cómo se encrespan los últimos corceles de la tarde.

Cómo se insubordinan.

Cómo aclaman triunfantes las voraces trompetas.

Pero ya no recuerdo cómo llegan las cosas a nombrarse.

Pero es que ya no sé.

Se me pudren de infamia las prendas de ir viviendo.

Y soy un ángel más.

Un ángel que se agota. En la corte agotada de los ángeles.

Mira David.

Cómo se agitan los corceles finales.

Cómo acuden al grito triunfal de la trompeta.

Anuncian que hay que huir. No importa a dónde.

No importa a qué país de miniaturas.

No importa a qué proyecto.

O espejismo. Yo sólo quiero huir.

Evadir los escombros del íntimo desastre.

Si pudiera negarles el don de la palabra.

Es que han mentido tanto.

Nos traicionaron tanto. La esperanza es tan frágil.

Es tan frágil la tierra prometida.

Los ángeles se exilian en bandadas.

Renuncian al instante de las revelaciones:

nos han mentido tanto.

Y soy un ángel roto dejándose rodar por las alcantarillas.

El agua inmunda es sólo

una verdad vaciada entre tanta mentira.

Migajas. Sólo nombro migajas. Es muy serio

cumplir treinta y siete años. Y ser un ángel roto.

Violento de llorar en la vigilia.


LA TRAMPA

No obstante, sólo puedo alegar a mi favor

que a veces cedo.

Caigo en minúsculas trampas que nos arma la vida.

En trampas como jaulas para cazar gorriones.

Que algunos días. ¡Oh, días específicos!

Al abrir el balcón. Al asomarme y ver

con todos los sentidos. Y oír con todos los sentidos.

Y oler con todos los sentidos. Soy un terco violín

en evidencia. A veces –excusa delirante-

la vida se me vira como un juego de cartas

mostrándome los triunfos.

Me enamora con labios nuevecitos.

Me apremia. Imprescindible. Un cuarto movimiento:

novena sinfonía de Ludwig van Beethoven.

Como una credencial. Un aquí está mi mano.

Mis millones de manos.

La piel se me estremece de piedad infinita:

El hombre mata. Muere. Miente. Roba. Claudica

de espaldas a esa música en un afán voraz de permanencia.

Confunde libertad con desplazarse.

El hombre duerme armado contra los otros hombres

y contra el hombrecillo

que habita los rincones más claros de su pecho.

A pesar de esa música. A pesar del balcón.

Del sol que estreno. A pesar de esa Oda feroz a la Alegría.

De la limpia mañana

que niega los despojos de la cena de ayer.

No obstante, digo. La vida hoy se presenta como un traje.

Y sé que es una trampa. Pero cedo. Y me dejo embriagar

y acepto cualquier tregua. Y soy una espiral.

Un balancín. Un coro. Porque sucede a veces

que al abrir el balcón. Al asomarme y ver.

Y oír. Y oler. Con todos los sentidos.

La vida me ha sacado bajaras de la manga.

No obstante, sólo puedo alegar a mi favor:

Es una trampa. Y me dejo caer.

+ en El blog de Arlequini

miércoles, junio 02, 2010

tus ojos como un pueblo olvidado





EN AQUELLOS OJOS DONDE TAMBIEN TE MECIAS COMO LA MATEADORA


¿Quién si interroga
refleja su miedo
a ser interrogado?
No todas las almas ilustres
se ofrecen con decoro
ni todos los mártires
mueren en la pasión de sus medallas.

Acudo a tu cinismo y devuelvo las respuestas
del personaje malo que cuando es bueno
es indiferente
y a través de sus horas
pasan los días
y en sus ojos se nublan
arco iris a punto
líneas que se cayeron
sobre duros costados
de golpes que tampoco enseñan;
puedo adivinar
las traiciones
los delirios
que se cuecen
al borde
mismo de un acantilado
cuando sus ojos
temen al hueco de sus ojos;
ese abismo
desde donde a veces escondo
los míos
que no hace de traidor
ni del hombre nuevo
ni de la garrapata
en la pelambre
ni los adioses
podridos
por compasiones y misericordias.

Es tu cinismo
la única bandera que conozco
que siempre he visto
que aún como un ripio
ondea para mí
como una estrella solitaria
en un charco de sangre
donde aquella virginidad
sin lucrar con el héroe
hizo de bueno o de malo
una costumbre
según se dicte en la fantasía;
una orden
que pervierte sus horas
en las bondades
y que solo en el vacío se entiende.

Con los pies hacia arriba
en el mismo cordel
de aquellos balcones
que colgaban su ruina
he puesto mi boca
de lobo y aprendiz
para que puedas morder
todos los misterios que me escondo;
en la tibieza
de algunos de los helechos
que se han secado
a las vistas perpetuas de esos barandales
mirados tal vez
con la envidia de un ciego
que no sabe cruzar
el vapor que produce
el miedo a las alturas
que siempre han sido obligadas
a pender sobre el vacío;
muy lejos de las desembocaduras,
pozos, ríos subterráneos
y algún otro escarmiento.
en el mismo humo
donde un cigarro marihuana
escondido en un cartucho de azúcar
llega de las cortinas
de otros balcones
que cuelgan en el humo
como si esos disfraces
tuvieran un discurso
hecho de balas salvas
y donde tus ojos
hace muchas horas
suplicaron
con esa voz que pones al destierro
seco como un helecho
fuera de toda orilla
o percance.

No todos los cuerpos flotan
ni todas las miserias
llegan a nado.

Antes, cuando
mirabas el color de mis preguntas
en la ira o la obediencia
yo tendía los planes
y las redes donde tú
dejabas sin entender
algunas trampas
una espina y un dulzor
que a mis labios
también secos
le dictaban por trazar
surcos, surcos
la marea del pecho
elevándose
sobre las promesas incumplidas;
desganos
y por qué no
otras preguntas
que no responden
que nadie sabe
cuando pueda nombrar
una cicatriz
un trillo
al borde mismo
de aquellos reflejos
aquellas luces
de tus ojos
como un pueblo olvidado
a las afueras del mundo.

Juan Carlos Recio
NY Junio 1 del 2010.